En todos los tiempos del pasado siempre se trató de averiguar lo que el macrocosmos, el cielo, quería del microcosmos, del ser humano. En aquellas épocas anteriores hubo una inserción dada del hombre en el cosmos y las fiestas eran el resultado de lo que había ocurrido en este sentido según los distintos espacios y tiempos; se festejaba algo que había dado otra dirección al transcurso de la humanidad.


Desde la venida del Cristo a la Tierra se produjo un cambio radical en la relación entre el hombre y el cosmos. Cristo como fuerza cósmica, el impulso de Cristo, pertenece al espacio; antes se dirigía desde el Sol, su reino, hacia la Tierra, y en la estación del año opuesta actuaba a través de la Tierra hacia el interior del hombre; por consiguiente, el Sol de medianoche es un asunto del alma humana. – Al incorporarse en Jesús, Cristo une lo espacial con lo temporal-histórico; el espíritu, antes cósmico-espacial, es arrancado de lo espacial e insertado en lo temporal. Con Cristo se prende el Sol en la Tierra; es decir, la luz salió del espacio que quedó vacío y obscuro; por ende, la luz solar como tal ha llegado a ser espiritualmente dañina. De ahí en más, el hombre recibe la fuerza solar, la fuerza del Logos, únicamente desde la Tierra, al unirse con Cristo que es el mediador entre lo cósmico y lo terrestre; Él representa todo lo que tiene valor para el ser humano.


A  raíz de todo esto, las fiestas que se celebraban en la Tierra y en las que antes se recibían las instrucciones provenientes de los cielos, cambiaron de contenido y forma. Lo que anteriormente llegaba del cosmos, ahora se halla en el interior humano y se necesita activar lo que allí quedó grabado. - Las fiestas cristianas actuales han de ser fiestas del recuerdo de lo que pasó, y servir de herramienta para que el hombre vuelva a meterse en el cosmos, a conectarse con el cosmos y sus impulsos para el futuro. Por consiguiente, para una fiesta cristiana hay que fijarse en la fecha, lo temporal-histórico que es invariable, y luego considerar lo que el Cristo haría, dónde estaría según la estación; en este último aspecto surgen las grandes diferencias entre el Norte y el Sur: por ejemplo, en Navidad nace históricamente, hecho que en el Norte coincide con la estación de invierno, mientras que en el hemisferio sur se halla en las vastedades del cosmos. De la síntesis resultará la orientación de la fiesta, en la que cada participante podrá llevarse algo que le indique cómo comportarse, cómo actuar en su relación con el cosmos hasta la próxima fiesta anual.


De lo dicho por Rudolf Steiner se desprende que en el futuro sólo podrá mantenerse quien tenga una concepción parecida a la Antroposofía que le permita actuar en concordancia con el cosmos. Entonces el cosmos lo mantendrá, mientras que eliminará a aquel que busque caminos opuestos. De esta manera y en medida creciente, las fiestas anuales se convertirán en medio de sobrevivencia social.

LAS CUATRO FIESTAS DEL AÑO

La fiesta de PASCUAS en otoño bajo el gobierno de Micael, el que libera al espíritu de los procesos de muerte corporal.

La entrada al ciclo anual es siempre el otoño con el fortalecimiento del yo frente al dragón bajo la guía de Micael. Es cuando, después del verano, el ser humano vuelve a la vida cotidiana, a lo mecánico, al ámbito de las ciencias naturales, es decir, a la esfera del dragón.
Pascuas en otoño tiene de algún modo un tinte brutal: la naturaleza va rumbo a la tumba; la naturaleza, la vida y la mitad del contenido de la fiesta de Pascuas se convierten en sepulcro; la otra mitad no está a la vista. Ante este panorama uno se siente abandonado a sí mismo y surge el miedo. Entonces hay que recurrir a Micael que confiere el coraje anímico para enfrentar el temor y la muerte, y decirse: Cristo murió y resucitó; por lo tanto, si encontré a Cristo, puedo morir tranquilo, enfrentando la muerte con conciencia. Puedo vivir y bajar al sepulcro de la vida terrestre, donde de otro modo quedaría a merced de las fuerzas adversarias de invierno. Puedo confiar de que Él me lleve a la otra orilla; pues, por lo hecho en Gólgota Él garantizó que haya otra primavera, que siga la vida. La cognición del espíritu me permite mantener el contacto con mi patria espiritual, haciendo que me torne viviente en el sepulcro de la vida terrestre por la fuerza de Micael. Esto es la resurrección, la respuesta al anhelo más profundo del ser humano de que haya mañana, de que haya futuro.
La idea de Pascuas en otoño implica entonces enfrentar todo miedo y todo temor con conciencia, soltar lo físico que está destinado a morir, para aferrarse al espíritu que asciende de la tumba. La fiesta de Pascuas bajo el signo de Micael debería ser la fiesta que elimina el miedo, justamente porque no hay nada que se pueda perder; debería mostrar cómo es estar sin miedo, para que entonces se despierte la creatividad interior y surja una conciencia del yo sin egoísmo, sin el toque de todo para mí, una conciencia que incluye y necesita a los demás. Esto sería Pascuas como una fiesta del fuerte querer, del entusiasmo, donde el conocimiento de la naturaleza, que muere en su belleza otoñal, se une con la verdadera autoconciencia espiritual del ser humano.

 

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