La fiesta de SAN JUAN bajo el gobierno de Gabriel en invierno

La fiesta de San Juan no coincide con ningún acontecimiento histórico definido. Si bien, originalmente, el invierno siempre ha sido la estación destinada a los nacimientos en lo físico, en el hemisferio Sur no cabe celebrar el nacimiento del portador de Cristo, que corresponde al mes de diciembre. Pero es innegable la relación de la fiesta con Juan Bautista y, por ende, con el bautismo en el Jordán cuando nació el Cristo en Jesús, es decir, cuando algo celestial bajó a lo terrestre y algo terrestre, el yo de Jesús, se elevó a lo espiritual. Este hecho pone de manifiesto una característica tanto del Bautista como también de la fiesta, porque indica lo que tiene que crecer y lo que tiene que decrecer; la otra característica es el sacrificio de la cabeza, de la intelectualidad.
Antiguamente, en la conciencia de sueño sabiamente iluminada en verano, el hombre percibía un destello de su yo que se hallaba al cuidado de los cielos. En cambio, en invierno, se sentía inserto en la fuerza tenebrosa, destructiva que brotaba desde la tierra; se consolidaba el intelecto opuesto a la iluminación que afluía a las almas en verano; los impulsos morales tendían a desviarse y la atención del hombre se centraba entonces en el conocimiento de la figura humana, el espejo para su autoconciencia en el futuro.
Hoy, el hombre tiene claridad acerca de su figura y ha conquistada la conciencia yoica que ya no es cósmica, sino humana y totalmente desordenada. En cuanto a lo moral vive en invierno permanente. Hoy es imperioso llegar a algo más que a la figura humana y a algo más que al yo cotidiano que ha de decrecer; como humanidad hemos de aventurarnos a entrar en lo espiritual para ordenar cósmicamente al yo que, de otro modo, se descompone, se hace bestial, algo que actualmente en medida creciente se hace perceptible; si no se invierte esta tendencia, la degeneración del yo arrastrará en ese proceso a la figura humana.
Las nuevas fiestas en el Sur, especialmente las de San Juan y Navidad, logradas por la profundización antroposófica, habrán de conducir a los hombres fuera de la Tierra, más allá de materia y cielo, para percibir hasta en lo físico la silueta suprafísica, etérico-astral y para introducirse con el yo en las esferas de lo celestial. Para escaparse a las redes de la Tierra, el hombre deberá liberar su parte anímica y entregarse a un sueño interior, invernal, consciente; en términos antroposóficos, este sueño se conoce como la imaginación e implica haber eliminado el intelecto, haber cortado la cabeza. Así, en algún momento, el hombre llegará a  presenciar en la conciencia imaginativa el nacimiento de su Ego Espiritual, del Hijo del Espíritu, como contraparte al nacimiento físico del invierno en el Norte.

La fiesta de MICAEL, el que porta la cara de Dios,
bajo el gobierno de Rafael en primavera

La primavera es para el ser humano una estación de máximo peligro: junto con el crecimiento vegetal surgen desde la Tierra las fuerzas ahrimánico-lunares que compenetran a los hombres de animalidad salvaje y de poderosos instintos sexuales. Desde lo alto, las fuerzas luciféricas, emanando su astralidad embriagadora, aumentan la confusión. Tanto las fuerzas luciféricas como las ahrimánicas son, en esencia, fuerzas naturales. Como tercera fuerza está Cristo que lo sana todo. La estatua del Representante de la Humanidad, creada por Rudolf Steiner, constituye un ejemplo luminoso de esa constelación primaveral: Cristo, que vence a Ahriman y a Lucifer, es la divinización del ser humano; Cristo muere en la criatura, resucita y transfiere la posibilidad de vencer la muerte a toda la especie; así, aquel que esté dotado de la fuerza necesaria, podrá resurgir.
Desde el siglo XV en adelante, carente de su herencia espiritual primordial que lo protegía, el hombre va entregándose a la embriaguez y se olvida de su origen. En este tiempo del año siempre se juega algo del futuro cósmico de la humanidad, especialmente en el Sur que no cuenta con una estación correspondiente a una fiesta de Micael. Micael, el eterno vencedor del dragón, que apoyado en su conciencia luminosa libera lo espiritual de lo físico-corporal, no puede desplegar plenamente su actividad en primavera cuando todo se confunde en una unidad.
Bajo condiciones de primavera y en unión con Rafael, Micael no debe liberar, sino que debe sanar, echando luz sobre lo que enferma; su conciencia adquiere entonces un carácter curativo que se extiende a los efectos arrojados por el otoño y el invierno, estableciendo una armonía sanadora en el ambiente, donde todo vuelve a estar en su lugar.
De acuerdo a las fuerzas reinantes, una fiesta de Micael en primavera debería tener una estructura trimembre y mostrar:

  1. lo que enferma en relación con la naturaleza primaveral, explicado por Micael, lo cual implica conciencia y coraje,
  2. lo que cura explicado por Rafael, portador de la vara de Mercurio que representa al Señor,
  3. lo cristiano como trasfondo.

En otras palabras, el tema primaveral podría ser por ejemplo: ¿cómo podemos arreglar nuestra conducta para que la materia no nos domine y Lucifer no nos someta?- lo cual es un asunto de coraje y curación. Una fiesta de primavera en el Sur se refiere entonces a la conciencia acerca de la curación y de la no-curación, y ésta es la base a partir de la que cada uno individualmente verá qué es lo que puede hacer con respecto a Cristo. El secreto primaveral implica que lo cristiano sólo tiene sentido en relación con el ser humano. - Una fiesta plenamente micaélica, apoyada por indicaciones rafaélicas, requiere tener en claro lo que se necesita para enfrentar el panorama aún más amenazante del estío en la tierra ahrimanizada y con el agua en evaporación, dominio de Lucifer.

La fiesta de NAVIDAD bajo el gobierno de Uriel en verano

Para Navidad en el hemisferio Sur, como para las demás fiestas cristianas, el proceso histórico, el curso anual y el proceso individual espiritual no coinciden; por eso la fiesta de Navidad necesariamente tendrá aquí un toque de San Juan y viceversa.
Antiguamente, el verano era el tiempo de la inspiración divina; los dioses hablaban a los hombres a través de impulsos morales en forma de indicaciones para el resto del año. Además les concedían, a modo de visión del futuro, un destello de su yo individual, plenamente desarrollado.
El verano actual presenta de manera muy aumentada las características peligrosas de primavera: el hombre se halla envuelto en poderosos procesos naturales, sobre todo de procreación, reinan los instintos, la confusión y la tendencia a zafar de todo compromiso. La necesidad de sobrevivencia, de no perder la conexión con su parte espiritual eterna exige que el hombre se conecte nuevamente con el cosmos, a fin de averiguar cómo arreglar su yo para que pueda continuar.
Históricamente, como sabemos, Navidad guarda relación con Cristo; pero Él ya nació, murió y resucitó; ahora se encuentra en las nubes, en su nueva forma etérica, en coincidencia con las condiciones de verano en el Sur. Por consiguiente, la fiesta de Navidad debería dar algunas indicaciones, señalando dónde Él se encuentra ahora, qué implica el hecho de su existencia viviente, cómo llegar a Él, si es que uno se atreve. – De ese modo se establece aquí una correspondencia entre la conmemoración de Navidad y la tarea humana del futuro.
Este panorama espiritual de verano, de por sí muy elevado, se ve subrayado por la presencia de Uriel, el regente de verano, que teje su vestidura de luz resplandeciente. Su ojo severo nos mide, nos muestra nuestro origen trinitario como hijos del espíritu y, en vista de nuestra existencia actual, pregunta por la diferencia; nos hace ver nuestra nulidad y, ante la venida del Redentor, enciende el fuego de la vergüenza. - Para permitir alguna percepción de esta altísima espiritualidad inspirativa se ofrecen, en realidad, sólo los poderosos tonos de la música: desde lo musical grandioso podría resonar entonces la “palabra”.
En el Norte se celebra en Navidad el nacimiento de la luz. En el Sur, en cambio, muere la luz externa como algún día toda la Tierra, y se enciende la luz interior que brilla hacia afuera; de ese modo la fiesta, que debería comenzar a plena luz del día como un encuentro social-humano, adquiere un toque social, un toque de culto. - En el fondo, Navidad significa aquí que algo se despierta en cada uno, según el alcance de cada uno.

(Véase: Rudolf Steiner: GA 223 y 229 en “Antroposofía y las fiestas cristianas”, editorial ECE, Buenos Aires)